Nuestro más sentido pésame a la familia de Daniel Peredo, en estos momentos tan difíciles.
lunes, 19 de febrero de 2018
jueves, 8 de febrero de 2018
El Ring del Estudio Bravo
— Hoy, gran Avant Premier
del éxito taquillero mundial, ¡Rocky! Tres funciones: matinée, vermout y noche,
véala solo en el Cine Excélsior —
Era
el pregonar de los parlantes cónicos de baquelita gris; que llevaba en el techo
un vetusto auto Toyota, en sus recorridos por las calles de Iquitos, en los años
80.
Una
tarde de 1984, después de cumplir con las actividades de algún trabajo escolar,
Luis Bravo nos reveló que tenía dos pares de guantes de boxeo, que después de
muchos reparos, sus padres le habían regalado. Nos anunció: ¿Quién se atreve a
noquear al Nuevo Rocky Balboa?
Inspirado
en las películas de Sylvester Stallone, que había visto, Bravo había decido ser
boxeador, se entrenaba todos los días con ejercicios extenuantes: saltos de
soga, decenas de abdominales, golpes a la “pera y “saco”. Preparó sus músculos de
pecho y abdomen como escudos contra los golpes de sus retadores; designación de
otros, porque él siempre sería un eterno campeón.
Para
proclamarse boxeador, que se precie de serlo, Luis debería usar: botas,
pantalones de box y bata debidamente personalizada. Para las botas y los
pantalones tuvo que hacer una gestión de envío especial desde Lima, a través de
la tienda de deportes Luxor, que le demandaron tiempo y esfuerzo. Para la bata,
no se le ocurrió mejor idea que acondicionar una que su madre había desechado, la mandó recortar a su medida y a bordar su
nombre en la espalda, el de boxeador.
Para
su nombre boxístico, se encontró con la disyuntiva de elegir: Sugar Ray Bravo o
Rocky Boy. El primero en honor al refinado estilo boxístico de Sugar Ray
Leonard, que tanto admiraba y el segundo por la valentía sobrehumana de su
héroe Rocky Balboa. Después de muchas cavilaciones, que a menudo lo desvelaban,
se autoproclamó: Seré Rocky Boy para el Perú y el mundo.
El
cinturón que siempre alzaría como trofeo de guerra, al final de sus peleas, lo
confeccionó de una lámina de madera; que conformaba la contraplaca de un pedazo
de triplay, que algún carpintero había olvidado en una refacción de su casa, le
dio forma de un fajín con una hebilla de diseño especial: circular de diámetro
similar a un disco de vinil de 45 rpm, donde se podía ver; el dibujo de la Diosa
de La Victoria griega Nike, la inscripción CHAMPION
(logo de las bujías que su padre
usaba en su camioneta Subaru color bronce)
y el tallado en semicírculo de Boxing
World Championship.
Sus
entrenamientos, largos y prolongados, pronto dieron cuenta que: sus jabs, eran lentos; sus uppercuts, no tan
contundentes; “ganchos” y “rectos”, carecían de instinto asesino. Tales
deficiencias, que lo afligían, fue resuelta gracias a una de sus elucubraciones:
la imitación de las leyendas del boxeo que presentaba el programa de televisión
“El Rincón del Box”.
El
“Rincón del Box” era un programa que la emisora de televisión América, exhibía
los sábados en horario de 8:00 p. m., conducido por Kike Pérez. En aquel clásico
programa de box, se presentaban todos los boxeadores que Bravo emulaba en sus
entrenamientos: Roberto “Mano de piedra” Durán, Sugar Ray Leonard, Michael
Spink, Marvin Hagler, Thomas Hearns y el
peruano Orlando Romero. Las narraciones de estas, pertenecían al gran
comentarista panameño Juan Carlos Tapia, al que Kike nunca les daba el crédito,
y contenían un ingrediente especial: eran magistrales. Para Luis, el recuerdo
de estas narraciones con acento centroamericano, le sonaban a marchas militares
de sus batallas que solo existían en su mente. Frases de Tapia como:
— Le puso a trastabillar,
casi le arranca la cabeza, lo desencuadernó, está mal, tiene las piernas de
mantequilla, le pusieron a bailar la tirinana, le borró la sonrisa del rostro,
enterró el pico, ese golpe le entró como una puñalada, es el reflejo de un
muerto, es carne de presidio —
Se
convirtieron, en las favoritas de los recreos del quinto grado de primaria del Colegio
San Agustín de Iquitos y encontraron un terreno fértil para la increíble afición
por el deporte del boxeo.
El
lugar donde Rocky Boy libraría sus épicas peleas de box, se convirtió
prontamente en un problema: inicialmente; decidió que su ring sería, la sala de
su casa, cosa que no prosperó por la desaprobación enérgica de su madre, luego
eligió; la esquina de su cuadra, cosa que tampoco dio fruto por la negativa de
los vecinos, al considerar muy violento al deporte de las narices chatas, la
canchita de fulbito del Club Tenis sería la solución de este contratiempo,
pensó.
— ¡Qué cosa!, ¡No puede
ser! — dijo el Señor
Bravo (padre de Luis).
Al
recibir la carta de queja de una socia, que solía ir a practicar sus golpes de
revés con su raqueta Wilson, edición Gabriela Sabatini - US Open 1984, que vio como Rocky Boy había aniquilado a su
insensato retador.
La
Junta Directiva del Club Tenis de 1984, contaba como Vocal al Señor Bravo,
quién tuvo que informar en algún Orden del Día: La prohibición de la práctica
de box en todas las instalaciones del club por las constantes quejas que se
recibieron.
En
su incesante búsqueda del ring, se le vino a la mente algo que nadie había
reparado: El Ring del Estudio Bravo. El despacho jurídico del Señor Bravo, era
el ícono de su legado familiar, estirpe que solo admitía abogados, desde muchas
décadas atrás. Sillas pintadas de negro, ordenadas como un cuadrilátero,
constituían dicho despacho. Si las grandes peleas, de cobertura internacional,
se realizaban en el Madison Square Garden de New York, Luis Bravo (Rocky Boy) tendría su Madison: El Ring del
Estudio Bravo.
Gracias
a la película Rocky y a nuestra amistad con Rocky Boy, el pugilismo fue
adquiriendo una increíble afición en todo nuestro salón de clases, en los
recreos comentábamos las peleas del programa de Kike. El boxeo llego a gozar de
simpatías y antipatías en aquella época, algunas personas lo consideraban
deporte y otras no, para mi madre y la de muchos de mis compañeros (incluida la
señora de Bravo), el boxeo no lo era. Recuerdo sus frecuentes reprimendas:
— ¿Cómo te puede gustar
ver a dos hombres en calzoncillos, pegarse las cuatro neuronas que tienen?
¡Aquí nada de box, ni “Rincón del Box”, ni nada! —
Muchas
tardes de 1984 entre las 2:00 y 4:00 p. m. (hora de la siesta loretana de
nuestros padres), el Ring del Estudio Bravo fue testigo de las peleas
memorables de Rocky Boy y de sus imprudentes retadores, el cual fue mi triste
caso.
A
Gabriela Sabatini, por acercarme a la argentinidad y sus demás perlas.
©
Por Alejandro Jáuregui.
miércoles, 24 de enero de 2018
Coco, quizá la próxima ganadora del premio Oscar en su categoría.
viernes, 19 de enero de 2018
Las pobres también aman
Los domingos de mi niñez eran
especiales, era el último día que nos reuníamos con mis amigos en nuestra esquina
después de un partido de fulbito a conversar sobre las cosas que nos pasaban.
También era el día en que observaba un fenómeno especial: el desfile de mujeres
cuyo empleo era ser “Empleadas del Hogar”
a las que de ahora en adelante las llamaré Nanis con especial cariño.
Las Nanis gozaban como único día libre, el
último de la semana. Desde mi esquina las veía pasar a tomar los microbuses que
las llevarían a los locales de bailes situados en el distrito de San Juan
Bautista de Iquitos, campestre en esa época. Sus atuendos constaban siempre de
zapatos calados de cuero sintético color negro, adornados en el empeine por una
malla de hilo nylon con bolillas
multicolores, donde ponían al descubierto sus pies: piel brillante por el cloro
de la lejía que usaban en la limpieza de los pisos de las casas donde
trabajaban y dedos deformados con uñas pintadas de color escarlata. Sus piernas
lucían pantorrillas prominentes por los largos periodos de trabajo de pie, a
las que parcialmente tapaban con faldas siempre de colores pasteles, el verde Nilo
estampado de flores a la altura de la entrepierna era el de mayor frecuencia.
Blusas colorinches con cuellos y mangas ajustables con listoncillos, cubrían
sus pechos color cobre. Aretes, collares y pulseras de perlas de plástico completaban
el atuendo. Sus pasos emanaban aromas de perfumes Yanbal que olían menos a
flores y más a alcohol. En aquellos desfiles había algo que siempre capturó mi
atención, la mirada: sus ojos contenían la esperanza del hallazgo de un bien
siempre esquivo para ellas, el amor de algún hombre que volviera realidad quizá
el sueño terrenal de Lucía Méndez en las telenovelas que devotamente veían.
En aquellos años, Marisol personificaba
a todas aquellas mujeres que hoy me inspiran a escribir esta crónica. Mi Nani
gustaba de leer los versos que yo escribía, se conmovía hasta el suspiro al
leer mis pequeños poemas y relatos. Existía una especial conexión entre ella y
yo. Para redimirse del recuerdo de algún amor frustrado, me pedía que
escribiera versos a cambio de una propina, fue así que a temprana edad me convertí en un escribidor
profesional, un verdadero mercenario de tinta y papel. A cambio de la redacción
de epístolas a sus familiares y amigos de su pueblo natal, Marisol me retribuía
agasajándome con la preparación de sándwiches y refrescos que me gustaban. Al
final de sus domingos, a modo de retribución por lo que escribía, me obsequiba
decenas de revistas de historietas, suplementos dominicales, semanarios
deportivos y cuentos de ediciones piratas a los que yo siempre retribuía con
una sonrisa cómplice.
No solo el talento histriónico de Lucía
Méndez marcó un hito en mi niñez, sino su espectacular belleza, verla en
horario estelar era como como ver el reverberar de un diamante en una noche
estrellada. Novelas como Colorina, Tú o nadie, Mundos opuestos, Amor de nadie,
eran las preferidas de las Nanis. De lunes a viernes las ocho de la noche era
la hora del regreso de mis actividades recreativas y deportivas. Del club Tenis
a mi casa había aproximadamente veinticinco cuadras y dos plazas (Sargento
Lores y Veintiocho de Julio), durante este recorrido se escuchaban las cortinas
musicales de las telenovelas de Lucía que emanaban las salas de las casas. Es
por eso que muchas de estas cortinas musicales se convirtieron en los soundtracks de mi infancia.
Para llegar a ser un verdadero Caballero
de los cuentos medievales de los que solo existían en mis sueños, tendría que
tener una Dama a quién ofrendar mis proezas, mis grandes batallas de causas
imposibles, mis quijotescos anhelos, sueños y deseos; para ello, Lucía Méndez
encarnaría aquella Dulcinea del Toboso. Mi Dulcinea Lucía poseía una belleza
natural. En la época que ella nació no existía tanta artificialeza, que hoy han
devaluado tanto la belleza. Se nacía bella o no. A Lucía le escribiría los
versos del alma límpida de un poeta, que yo soñaba ser.
Los locales de baile a las que acudían
las Nanis eran siempre concurridos por personas de la clase proletaria, por sus
aspectos se podían distinguir hombres cuyos oficios deberían ser; albañiles, choferes,
mecánicos, pescadores, etc. A ritmo de las cumbias como; El Aguajal, La Colegiala, Trago Amargo, Golpe con Golpe, El Humo del
Cigarrillo, Lágrima por Lágrima el amor libraría el más noble de sus
trabajos: amar en tiempos de carencias económicas. Entre faldas y pantalones la
ley del Magneto demostraba su cumplimiento. El amor y el desamor no eran ajenos
para estas mujeres, pero si hay algo que pude constatar es que las pobres
también aman.
—
[…] Y pensar que te dí mi cariño y mi amor fue solo para tí […] Recuerdo
escucharlas a la salida de estos locales —
De esta manera se formaban parejas y
futuras familias o de lo contrario la reminiscencia, la letra de una futura
canción de cumbia. La esperanza del triunfo del amor y la vida terrenal de las
protagonistas de sus telenovelas, siempre eran motivo de festejo, acompañados
por brindis con cerveza: ¡por el amor o por el desamor!
Como en todas las historias, la mía
tendría un final. Marisol tuvo que marcharse de mi lado por las leyes naturales
de la vida, su partida no tuvo nada de poesía, más bien letra de canción de
ritmo cumbiambero. Ya no habría más cómplices de nuestra historia literaria: el
poeta y su lectora.
—
¿Quizá amaba y había encontrado el amor? —
Una tarde de diciembre de 1990 en mi
casa se recibieron dos sobres, uno con destinatario el nombre de mi padre y el
otro con el mío. Los sobres eran de partes de matrimonio, debidamente
caligrafiadas. Saqué el documento: una pequeña misiva cayó lentamente al piso.
Al recogerla pude leer:
Estimado
pequeño Poeta
Ahora
soy yo la que escribe
Y
usted él que lee
¿Me
concedería el honor de asistir a mi matrimonio?
Atentamente.
Su
más devota y ferviente lectora.
Post
Data.
Habrá
sándwiches y refrescos que a usted tanto le gustan.
A Marisol, por acompañarme con ternura y
amor en los largos y multicolores atardeceres de mi infancia.
© Por Alejandro Jáuregui.
miércoles, 17 de enero de 2018
La sempiterna revista El Gráfico
viernes, 12 de enero de 2018
“El Shicshi” y el estilo literario
La clase de Lengua y Literatura de la
maestra Hilda Sandoval era una de las más amenas del quinto grado de primaria
del Colegio San Agustín de Iquitos, recuerdo como nos enseñaba las reglas de
acentuación, los diptongos, los hiatos, la tildación diacrítica y su lúdico
método de separación de las palabras en sílabas: aplaudiendo (una palma de
manos por cada sílaba). Nos asignaba como tarea mensual la lectura de un cuento
del escritor peruano Abraham Valdelomar y como nota final la redacción de uno,
el mejor era publicado en el periódico mural del salón.
En aquellos años mis lecturas se
limitaban a la sección de deportes del periódico La Republica que mi viejo compraba religiosamente todos los días,
los cuentos de Edmundo de Amicis, y los domingos el clásico cuento semanal: El Súper Cholo del diario El Comercio.
En la última semana del mes de agosto de
1984, celebramos la “Semana Agustiniana”, en ella habían diferentes concursos:
poesía, cuento, fotografía, pintura y creación musical. La maestra Hilda no
encontró mejor manera de motivar nuestra creatividad, que premiar al autor del
mejor cuento. Nos anunció: ¡Premio Especial al ganador del concurso de Cuentos!,
motivado por el premio, diseñé rudimentariamente mi estilo literario ensayando
textos, narrador omnisciente, narrador personaje, etc. Inspirado en las
películas del cantante y actor español Joselito, redacté el borrador de mi
primer cuento: El circo de Don Linolio.
—
Yo escribiré: El Taquerillo, dijo “El Shicshi” —
Si comparamos el cuento El Taquerillo (un personaje, tres
párrafos en hoja de cuaderno escolar de la época), el mío tenía dos páginas en
papel oficio, diez párrafos y seis personajes, un verdadero homenaje a la infantil
grandilocuencia inútil. La obra de Miguel “El Shicshi” era simple, sencilla y su belleza radicaba en
su estructuración (obertura, desenlace y
final), narraba la experiencia de un alumno en un examen de Geografía y las
consecuencias de hacer trampa.
“El Shicshi” era un chico cuyos
principales intereses era caer bien a todos, jugar al futbol y pasarla bien, no
se hacía problemas por nada y por nadie. Recuerdo muy bien su espíritu siempre
festivo, su sonrisa socarrona y su admiración por Gustavo Cerati. Sus
conversaciones describían miles de
aventuras en los microbuses que iban y venían de Punchana (distrito distante de Iquitos), y sus vivencias con amigas
de otros colegios. Parecía un poco mayor que nosotros.
Mi interés por la escritura creativa
había nacido por estos años, la poesía en especial, experimenté los efectos
emocionales que producía en los lectores lo que escribía. Como dijo Mario
Vargas Llosa: “Nada enriquece tanto los sentidos, la sensibilidad, los deseos humanos,
como la lectura. Estoy completamente convencido de que una persona que lee, y
que lee bien, disfruta muchísimo mejor de la vida, aunque también es una
persona que tiene más problemas frente al mundo”.
Pasaron los días, nuestras ansias
aumentaban: el final del concurso llegaba a su fin. La maestra Hilda y todo el
salón no podían esperar más. El cuento
ganador sería, el que tenga el mejor estilo, rico en personajes y una historia
inédita que atrapara al lector.
—
Y el ganador es: “El Taquerillo” de Miguel Rodríguez, dijo la maestra —
Increíblemente “El Shicshi” había
ganado, para envidia de muchos, incluido el que escribe. Sin darse cuenta no solo había escrito
un cuento, lo había ganado y había escrito nuestra historia.
A Hilda Sandoval, por enseñarnos la
bella aventura de escribir.
© Por Alejandro Jáuregui.
sábado, 30 de diciembre de 2017
The Sargent Pepper's Lonely Hearts Club Band. Quizá el mejor en la historia de la música.
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